sábado, 2 de enero de 2016

El aprendiz profesional





El aprendiz profesional

Una hoja en blanco, puede ser una clara invitación a contar una historia.
De la misma manera, un acorde inesperado, encontrado casualmente, tiene el poder de seducción suficiente para que  te impulse a tararear una melodía en apariencia desconocida.
El ritmo y el tiempo es casi consustancial al nacimiento de una canción.
El ¨tempo ¨ es otra cosa: es el pulso del alma según su estado de ¨ ánima ¨.
Por otro lado, en el corazón de un acorde caben tantas melodías como penas y alegrías en el corazón humano. Y, de las infinitas historias que se pueden cantar, a veces, tampoco sabrás si las palabras escogidas eran las más idóneas.
Componer no deja de ser un juego, por muy seria  que sea una canción. Es una especie de rompecabezas, y cada cual, tiene su propia manera de resolverlo.
Para ese particular milagro artesano, a veces, hay que derrochar la inocencia necesaria para creer que se puede decir en 3 o 4 minutos lo que el destello de una mirada en un  sólo segundo.
El comienzo de una canción que aún no existe es el principio más incierto, y ésa, es su mejor baza.  Las mejores canciones tienen ese extraño equilibrio entre la palabra y la melodía, que consiste en que ninguna de las dos salve a la otra del fracaso, y en ese imaginario y aproximado cincuenta por ciento que cada una aporta está la dificultad. El cálculo no es intencionado, es fruto de la complicidad entre ambas, del acierto para encontrarlas.
Es un oficio único este; y no es pretencioso decir que una canción se  alimenta de literatura y música para existir. Pero, en realidad su existencia es mínima: sólo vive en el preciso instante que suena.
Cada palabra, cada sílaba engarzada a una melodía tarda en evaporarse el tiempo que dura la nota que la sostiene. Después de repetirse este proceso una y otra vez, cuando termina la canción, nos queda ese regusto indescifrable e indescriptible que sólo el ¨alma¨ sabrá interpretar.
Las canciones son pasto de la memoria y el corazón, y lo mejor de este alimento es que es imperecedero.

El tiempo que se tarda en escribir una canción, su duración y sus características son tan variadas como incalculable es el número de ellas que ya existen.
Afortunadamente no hay un patrón, una línea a seguir que te asegure que una canción logrará aquello que distingue a las perecederas de las ¨eternas¨ .
Toda canción que se precie de ser medianamente aceptable, se abrirá paso a través del tiempo; se renovará cada vez que suene como si se alimentara de su misma antigüedad. Será el legado de sus autores cuando ya no existan y seguirá así, dejándose querer, mientras se la cante.

Todas ellas, desde la más alegre a la más drámatica, desde la más sentida y densa a la más liviana, todas las que pasan de una generación a otra como un legado, una herencia colectiva que se va incorporando a su vez a las recien nacidas, han convivido con los sentimientos de millones de personas.
A saber cuántos corazones sintieron las dulces tarascadas de ¨ Caruso¨ de Lucio Dalla. 
¿ Cuánta gente habrá cantado y bailado ¨ La bamba ¨ ?
Cuando Ritchie Valens hizo la primera versión moderna de ese tema ( una canción de autor anónimo del folclore mexicano del siglo XVII), no sé si imaginaba la que iba liar. El invento, esa rueda de tres acordes se convirtió en santo y seña de un montón de canciones; copias más o menos afortunadas de la misma fórmula. Puede que lo que hoy llamamos ¨Rock¨ ,  se iniciara con esa versión y otras de los años -50.

Los ejemplos serían interminables, y el asunto da para tanto como maneras y canciones hay.
Es más fácil pisar tu propia sombra que delimitar la frontera de las canciones.
Dar unas cuantas pinceladas melódicas durante cuarenta y cinco segundos, sobre dos o tres acordes y contar algo medianamene interesante, es un opción estupenda para la sutileza. Hacer un tema que dure siete u ocho minutos, con un ritmo que te haga mover el esqueleto o llevar el compás con el pie es otra manera, una de tantas. Aparte de los clásicos tres minutos y medio o cuatro, las combinaciones son ilimitadas.
 
No importa si tiene estribillo o no; si pones un puente después de la estrofa o esta ocupa todo el tema en una rueda, un bucle que se repite; lo que en realidad interesa es que la canción se te cuele hasta los huesos, y no sólo quieras volver a oírla, sino que te la lleves a vivir contigo para siempre.

Comenzar una canción siempre es un reto, una manera de aprender, de comprobar una vez más que toda la libertad que tienes para encontrarla, es precisamente, la que se vuelve contra ti si no consigues seguirle el juego que te propone.




Hace 47 o 48 años, cuando comenzaba en este oficio, ya existía esa pregunta cliché que decía: ¿ Tú qué haces antes la letra o la música ?
Reducir de esa manera tan ingenua las posibilidades que tiene una canción de nacer, no deja de tener cierta gracia y también demuestra el desconocimiento del tema de quien hace la pregunta.
No tengo ni idea de cómo voy a comenzar el próximo tema; no sé si va ser con una guitarra, un teclado o una sonaja; si va a insinuarse sin ningún instrumento o me va a invitar a que lo descubra a través del silencio más insólito que se cruce en mi camino.
 Lo que si tengo claro, es que de tanto jugar al gato y al ratón con las canciones, no me interesa cómo las comienzo, sino cómo las termino.
Ahora sé que soy un aprendiz profesional, y de camino que me cubro las espaldas contra el aburrimiento, vivo al amparo de lo que aún no sé. Busco las canciones con la paciencia del que sabe que más que el número, importa la identidad.

Cada canción debería ser única, otra cosa es que se consiga. Hoy no tengo interés en hacer canciones y más canciones, ahora juego con la sombra de la primera que se me insinua, le doy su tiempo y cuando se deja y comienza a tomar cuerpo, ésa,  es la última golosina para mi alma. La última canción.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Desayuno frente a la Sierra del Cuera

                                         
                                       Sierra del Cuera

Desayuno frente a la Sierra del Cuera

Es un ejercicio saludable darse realmente cuenta y apreciar lo que se disfruta en el preciso instante que ocurre; es una buena manera de creer que podemos ralentizar el paso de las horas.
 A las 11 de la mañana, con la tranquilidad suficiente y necesaria, preparé un sencillo desayuno: té con limón y dos tostadas de pan de maíz con aceite de oliva virgen.
Me senté en el porche de la casa. Delante de mí, en primer plano, estaba la bandeja sobre una mesa de jardín; enfrente, fuera de este, unas cuantas casas veraniegas –algunas en construcción- ocupaban parte del paisaje más cercano, y, a lo lejos, como fondo de escenario la Sierra del Cuera.
 Desde donde me encontraba podía ver gran parte de su extensión: 30 kilómetros de montes encadenados; un tobogán de apariencia inmóvil cincelado por el escultor más paciente y constante que puedas imaginar: el tiempo.

Sobre el lomo de la sierra se deslizaba una cabalgata de nubes sumisamente alineadas al principio. El aire, que apuntaba maneras de viento, al parecer actuaba como el perro guardián que mantiene el rebaño a raya mientras que lo lleva hacia donde quiere.
Pero, aunque parecían llevar la velocidad justa para que sus formas cambiaran lentamente, coincidiendo con el ritmo matutino del que yo iba despertando a medida que daba buena cuenta de tan exquisito alimento; poco a poco fueron cambiando de rumbo y aspecto.

Sin ningún reparo me dejé llevar por la parsimonia colectiva que flotaba en el ambiente. La sutil invitación que me brindaba el paisaje me hizo pensar que, tal vez en algún tiempo anterior, también pertenecí de alguna manera a esta tierra.
Esto no era la primera vez que me pasaba; y es que cuando encuentro lejanía y espacio, y el viento hace su trabajo con las nubes, me invade esa sensación ingrávida de no pertenecer a ningún sitio, y a la vez,  me asalta una evocación indescifrable y escondida de otro tiempo, mucho antes de esta existencia de ahora.
Hubo un momento mágico: no necesitaba ni esperaba nada porque nada ocurría fuera de mi alcance que me importara.
La simpleza del instante por sí sola era suficiente para sentir la fugaz eternidad de unos segundos irrepetibles de auténtico bienestar. Sólo con estar ahí en ese momento, ya era perfecto.
Y puedo asegurar, que no desentonaba el sabor de tan antiguo y austero manjar con el espectáculio colosal de tan antigua arquitectura.

 




viernes, 7 de agosto de 2015

Silueta



                                 

Silueta



Con un buen contraluz puedes atrapar una silueta a la medida de tus caprichos; después sólo es cuestión de imaginar.

Ahí estaba como un barco fantasma, amarrado a un muelle inexistente.

En el interior de esa silueta se esconde un laberinto interminable de pasillos y despachos; una amalgama incalculable de ordenadores, pantallas y cables. Objetos y utensilios tan inanimados como necesarios pueblan las mesas de los que están obligados a cohabitar a diario entre complicidades y desavenencias soterradas o no; entre secretos a voces o mudos.

Pero ahora, mientras el roce cotidiano descansa,  y en los pasillos y despachos aún se oye el murmullo del eco de las voces de quienes al anochecer como una diáspora se dispersan a lo largo y ancho de la ciudad ;  ahora que en la cara oculta de este mastodonte de cristal, cemento, hierro y aluminio, no se ve luz alguna; ahora, puede que sea el momento esperado, o el momento elegido,  simplemente la ocasión propicia para refugiarse en la soledad de algún despacho: adictos al trabajo porque sus casas se les cae encima; amantes ocasionales de oficina, que se prometen una vez más no volver a las andadas antes de que se enteren sus respectivas parejas; solitarios de llanto escondido que no tienen quién les espere, etcétera.

La historia más insospechada puede estar ocurriendo en este momento dentro de esa silueta inerte y gigantesca.

Puedes imaginar la que quieras, la más inverosímil es probable que esté ocurriendo.

Una silueta puede ser la cara oculta de lo inimaginable; la fachada de lo invisible.


domingo, 7 de junio de 2015

La línea divisoria

     
                


 
Era Agosto y yo estaba en la terraza de un décimo piso. Subir allí es ir a recoger postales en vez de setas; te puedes llevar un cesto en tu cámara, y más si eliges bien la hora.

Cuando es uno de esos días de nubes con prisa, y se amontonan y se mezclan sin tregua alguna, la luz pinta cada minuto distinto del anterior.

Ese día no había ninguna nube, el cielo de las nueve de la noche enrojecía hacia la oscuridad y a mí me quedaba poco tiempo de recolecta.

Ya llevaba suficientes fotos, pero ese sol escurridizo pegado al edificio merecía una más. Cuando ya la tenía a punto, aparece un maldito cable ahí en medio. No había manera, esa línea divisoria y transversal rompía la postal antes de que existiera. Así que, como el tiempo se me iba de tal manera que pronto perdería color, decidí darle el protagonismo que requería esa cosa.

 El problema era que no sólo estorbaba, sino que encima jugaba al gato y al ratón con la cámara: no la podía esquivar, pero tampoco se dejaba enfocar.

Finalmente acercándome más de lo que hubiera querido lo cacé.

Nunca habría pensado que todo un paisaje y un atardecer servirían de soporte y adorno para un cable, sin más interés ni servicio que sujetar una antena en el edificio de enfrente.



Las líneas divisorias con las que nos encontramos a lo largo de la vida son muchas, quizá demasiadas, y no siempre se pueden sortear. Entre otras razones porque somos líneas divisorias ambulantes.

Si todas las que nosotros mismos trazamos brillaran como leds, veríamos con estupor que vivimos dentro de nuestra propia jaula desde siempre y para siempre.

Para comprobarlo sólo hay que coger un papel e ir apuntando aquellas a las que no puedes renunciar; las que te impiden hacer la foto de detrás con claridad, porque están ahí puestas por ti para no pasar tú o que no pasen hacia ti.

En fin, era sólo de una foto de lo que quería hablar, pero el boquerón que llevo dentro se empeña en darle a la tecla en este caso, en vez de a la húmeda. Es un boquerón con vida propia, que se fija como un búho, pero me habla como una cotorra, y yo no puedo hacer nada por callarlo, me cuenta cada cosa, y además sin parar. Es un pesao, por ejemplo ahora mismo está escribiendo él, yo ya me he ido, porque sólo quería  hablar de una…fotografía.




        

domingo, 26 de abril de 2015

La extraña soledad

                     
                                         
Teatro Echegaray (Málaga)


       Presumir un rato de vanidosas humildades.
       Contar historias, ya sean verdaderas o inventadas.
       Disfrutar de esa extraña soledad y del lujo de los aplausos.
       Saber que estás en el mejor lugar posible.
       Retirarte en el momento justo, antes del próximo ¨bis¨.
       Tomar la penúltima copa, la más sosegada.
       Sentir que no hay mejor oficio que este.
       Comenzar la tregua, la que te llevará a la próxima noche.
       Dejarte llevar de nuevo por el placer de presumir
       un rato de vanidosas humildades.

                                Sugerencia. Es un momento propicio para sentarse ahí, con la guitarra; improvisar notas huérfanas de melodía...