A principio de los 80, de
entre todos los temas que compuse apareció éste. No era de los mejores, pero se
dejaba tocar.
Con el paso del tiempo, se
acomodó en ese lugar donde habitan las canciones de clase media; las menos
brillantes y de escaso protagonismo, pero en ocasiones, las más recurrentes.
Suelo tocarla al comienzo de
un ¨recital¨(bonita palabra ya en
desuso), como aperitivo para decir buenas noches de manera tranquila.
Es también un apunte, un
esbozo; una breve declaración de intenciones.
A veces en mitad de un
concierto cuando nos apeteceblusear,
flirteamos con toda lacomplicidad que
nos dan 35 años de convivencia. Por otro lado, al respetable, le suele gustar
estecoqueteo entre canción y cantante.
No todas lo consiguen, sólo
las que vienen de buena cepa; de un buen año de siembra y cosecha.
Es placentero dejarse llevar por la inercia del
balanceo de una canción que, después de tantos conciertos, noches y escenarios,
descubres que la hiciste tú. La descubres y la aprecias en lo que vale, cuando
te sorprendes a ti mismo jugando con sus acordes en la intimidad de tu casa;
improvisando sin tiempo ni medida, y sin dejar de ser aquella canción sin
pretensiones que una vez escribiste para pasar el rato
He
disfrutado de muchos viajes –casi todos por la noche-, y aparte de la compañía
de la radio, siempre contaba en su momento con un arsenal de cintas que luego
dejaron paso a los Cds.
Uno
de los músicos que nunca faltaba en ese repertorio enorme era J. J. Cale.
Cuando
aún no había visto cómo tocaba la guitarra, ya me parecía que no usaba púa, y
por el sonido y esos punteos tan nítidos y particulares (marca de la casa),
imaginaba unos dedos precisos y delgados.
Cuando
tuve la oportunidad de ver y comprobar cómo lo hacía, me encuentro con un
guitarrista con manos casi de agricultor tocando con una total y aparente
indiferencia.
La
mezcla de blues, country y folk; sus devaneos con ciertos toques cercanos al
jazz y una de las voces más cálidas de la música moderna, lo convertían en algo
único. A esa originalidad hay que añadir su talento para componer canciones
magníficas.
Su
influencia sobre músicos ya consagrados, la admiten estos con la misma
naturalidad que se la niegan otros.
J.
J. Cale no era un músico muy popular, aunque sí lo era entre sus colegas; pero,
esto era algo que no le preocupaba en absoluto.
Fue
versionado y repetado por gente muy importante; sin embargo –según se cuenta-,
no era muy amigo de la vida ¨normal ¨de
una estrella. Salía al escenario el tiempo suficiente como para pasarlo bien
con quien quería y a su antojo, después, volvía a su rancho, donde se
encontraba como pez en el agua.
Allí
tenía su estudio, destripaba sus propias guitarras para rectificarlas y
hacerlas única y, desde allí, seguramente contemplaba cómo en los últimos 30
años, parte de la música que se hacía, llevaba si no su sello, un aire que lo
recordaba.
Este
post es uno de los que tenía en mi
lista sobre músicos de mis preferencias, pero cuando se nos fue en Julio de
2013, me encontré con tanta información sobre él, que decidí dejarlo para
cuando saliera como ahora lo ha hecho.
Esto
de recuperar vinilos, más que una terapia es una manera de volver a disfrutar
con el recreo de todo lo vivido.
Para
terminar, en uno de los artículos que se cruzaron en mi camino y que firma Luis
Ventoso, dice que la mujer de J. J. Cale contaba lo siguiente: ¨ Te sientas
en el porche de casa a la caída de la tarde, abres unas cervezas y escuchas
tocar a Cale. No existe nada mejor ¨ .
Tiene,
no sólo mi admiración y respeto como músico, sino como persona. Me gustaba ese
aire, nada ficticio, de que nunca pasaba nada y esa apariencia de que pasaba de
todo.
Tenía,
según cuentan, un sentido del humor tan peculiar como sus canciones.
Cuando
se fue con su fama de huidizo, dejó un rastro luminoso de canciones, toques de
guitarra y una voz de franela antigua imposible de confundir.
¨After
Midnight¨ y ¨Sensitive Kind ¨, entre otros, son dos de sus muchos temas, que
nunca me canso de oír. La primera en directo con Eric Clapton, la segunda con la portada del disco donde se encuentra.
Esta
vez levanto mi chupito de whisky a la venerable memoria J. J. Cale.
Una hoja en blanco, puede ser
una clara invitación a contar una historia.
De la misma manera, un acorde
inesperado, encontrado casualmente, tiene el poder de seducción suficiente para
quete impulse a tararear una melodía en
apariencia desconocida.
El ritmo y el tiempo es casi
consustancial al nacimiento de una canción.
El ¨tempo ¨ es otra cosa: es
el pulso del alma según su estado de ¨ ánima ¨.
Por otro lado, en el corazón de un acorde caben tantas melodías como penas y alegrías en el corazón humano.
Y, de las infinitas historias que se pueden cantar, a veces, tampoco sabrás si
las palabras escogidas eran las más idóneas.
Componer no deja de ser un
juego, por muy seria que sea una
canción. Es una especie de rompecabezas, y cada cual, tiene su propia manera de
resolverlo.
Para ese particular milagro
artesano, a veces, hay que derrochar la inocencia necesaria para creer que se
puede decir en 3 o 4 minutos lo que el destello de una mirada en unsólo segundo.
El comienzo de una canción
que aún no existe es el principio más incierto, y ésa, es su mejor baza.Las mejores canciones tienen ese extraño
equilibrio entre la palabra y la melodía, que consiste en que ninguna de las dos
salve a la otra del fracaso, y en ese imaginario y aproximado cincuenta por
ciento que cada una aporta está la dificultad. El cálculo no es intencionado,
es fruto de la complicidad entre ambas, del acierto para encontrarlas.
Es un oficio único este; y no
es pretencioso decir que una canción sealimenta de literatura y música para existir. Pero, en realidad su
existencia es mínima: sólo vive en el preciso instante que suena.
Cada palabra, cada sílaba engarzada
a una melodía tarda en evaporarse el tiempo que dura la nota que la sostiene.
Después de repetirse este proceso una y otra vez, cuando termina la canción,
nos queda ese regusto indescifrable e indescriptible que sólo el ¨alma¨ sabrá
interpretar.
Las canciones son pasto de la
memoria y el corazón, y lo mejor de este alimento es que es imperecedero.
El tiempo que se tarda en
escribir una canción, su duración y sus características son tan variadas como
incalculable es el número de ellas que ya existen.
Afortunadamente no hay un
patrón, una línea a seguir que te asegure que una canción logrará aquello que
distingue a las perecederas de las ¨eternas¨ .
Toda canción que se precie de
ser medianamente aceptable, se abrirá paso a través del tiempo; se renovará
cada vez que suene como si se alimentara de su misma antigüedad. Será el legado
de sus autores cuando ya no existan y seguirá así, dejándose querer, mientras
se la cante.
Todas ellas, desde la más
alegre a la más drámatica, desde la más sentida y densa a la más liviana, todas
las que pasan de una generación a otra como un legado, una herencia colectiva
que se va incorporando a su vez a las recien nacidas, han convivido con los
sentimientos de millones de personas.
A saber cuántos corazones
sintieron las dulces tarascadas de ¨ Caruso¨ de Lucio Dalla.
¿ Cuánta gente habrá cantado
y bailado ¨ La bamba ¨ ?
Cuando Ritchie Valens hizo la
primera versión moderna de ese tema ( una canción de autor anónimo del folclore
mexicano del siglo XVII), no sé si imaginaba la que iba liar. El invento, esa
rueda de tres acordes se convirtió en santo y seña de un montón de canciones;
copias más o menos afortunadas de la misma fórmula. Puede que lo que hoy
llamamos ¨Rock¨ ,se iniciara con esa
versión y otras de los años -50.
Los ejemplos serían
interminables, y el asunto da para tanto como maneras y canciones hay.
Es más fácil pisar tu propia
sombra que delimitar la frontera de las canciones.
Dar unas cuantas pinceladas
melódicas durante cuarenta y cinco segundos, sobre dos o tres acordes y contar
algo medianamene interesante, es un opción estupenda para la sutileza. Hacer un
tema que dure siete u ocho minutos, con un ritmo que te haga mover el esqueleto
o llevar el compás con el pie es otra manera, una de tantas. Aparte de los
clásicos tres minutos y medio o cuatro, las combinaciones son ilimitadas.
No importa si tiene
estribillo o no; si pones un puente después de la estrofa o esta ocupa todo el
tema en una rueda, un bucle que se repite; lo que en realidad interesa es que la
canción se te cuele hasta los huesos, y no sólo quieras volver a oírla, sino
que te la lleves a vivir contigo para siempre.
Comenzar
una canción siempre es un reto, una manera de aprender, de comprobar una vez
más que toda la libertad que tienes para encontrarla, es precisamente, la que
se vuelve contra ti si no consigues seguirle el juego que te propone.
Hace 47 o 48 años, cuando
comenzaba en este oficio, ya existía esa pregunta cliché que decía: ¿ Tú qué
haces antes la letra o la música ?
Reducir de esa manera tan
ingenua las posibilidades que tiene una canción de nacer, no deja de tener
cierta gracia y también demuestra el desconocimiento del tema de quien hace la
pregunta.
No tengo ni idea de cómo voy
a comenzar el próximo tema; no sé si va ser con una guitarra, un teclado o una
sonaja; si va a insinuarse sin ningún instrumento o me va a invitar a que lo
descubra a través del silencio más insólito que se cruce en mi camino.
Lo que si tengo claro, es que de tanto jugar
al gato y al ratón con las canciones, no me interesa cómo las comienzo, sino
cómo las termino.
Ahora sé que soy un aprendiz
profesional, y de camino que me cubro las espaldas contra el aburrimiento, vivo
al amparo de lo que aún no sé. Busco las canciones con la paciencia del que
sabe que más que el número, importa la identidad.
Cada canción debería ser
única, otra cosa es que se consiga. Hoy no tengo interés en hacer canciones y más canciones, ahora juego con la sombra de la primera que se me insinua, le doy su tiempo y cuando se deja y
comienza a tomar cuerpo, ésa, es la última golosina para mi alma. La última canción.
Es un ejercicio saludable
darse realmente cuenta y apreciar lo que se disfruta en el preciso instante que
ocurre; es una buena manera de creer que podemos ralentizar el paso de las
horas.
A las 11 de la mañana, con la
tranquilidad suficiente y necesaria, preparé un sencillo desayuno: té con limón
y dos tostadas de pan de maíz con aceite de oliva virgen.
Me senté en el porche de la
casa. Delante de mí, en primer plano, estaba la bandeja sobre una mesa de
jardín; enfrente, fuera de este, unas cuantas casas veraniegas –algunas en
construcción- ocupaban parte del paisaje más cercano, y, a lo lejos, como fondo
de escenario la Sierra del Cuera.
Desde donde me encontraba
podía ver gran parte de su extensión: 30 kilómetros de montes encadenados; un
tobogán de apariencia inmóvil cincelado por el escultor más paciente y
constante que puedas imaginar: el tiempo.
Sobre el lomo de la sierra se
deslizaba una cabalgata de nubes sumisamente alineadas al principio. El aire,
que apuntaba maneras de viento, al parecer actuaba como el perro guardián que
mantiene el rebaño a raya mientras que lo lleva hacia donde quiere.
Pero, aunque parecían llevar
la velocidad justa para que sus formas cambiaran lentamente, coincidiendo con
el ritmo matutino del que yo iba despertando a medida que daba buena cuenta de
tan exquisito alimento; poco a poco fueron cambiando de rumbo y aspecto.
Sin ningún reparo me dejé
llevar por la parsimonia colectiva que flotaba en el ambiente. La sutil
invitación que me brindaba el paisaje me hizo pensar que, tal vez en algún
tiempo anterior, también pertenecí de alguna manera a esta tierra.
Esto no era la primera vez
que me pasaba; y es que cuando encuentro lejanía y espacio, y el viento hace su
trabajo con las nubes, me invade esa sensación ingrávida de no pertenecer a ningún sitio, y a la vez, me asalta una evocación indescifrable y escondida de otro
tiempo, mucho antes de esta existencia de ahora.
Hubo un momento mágico: no
necesitaba ni esperaba nada porque nada ocurría fuera de mi alcance que me
importara.
La simpleza del instante por
sí sola era suficiente para sentir la fugaz eternidad de unos segundos
irrepetibles de auténtico bienestar. Sólo con estar ahí en ese momento, ya era
perfecto.
Y puedo asegurar, que no desentonaba
el sabor de tan antiguo y austero manjar con el espectáculio colosal de tan
antigua arquitectura.
Con un buen contraluz puedes atrapar
una silueta a la medida de tus caprichos; después sólo es cuestión de imaginar.
Ahí estaba como un barco
fantasma, amarrado a un muelle inexistente.
En el interior de esa silueta
se esconde un laberinto interminable de pasillos y despachos; una amalgama
incalculable de ordenadores, pantallas y cables. Objetos y utensilios tan
inanimados como necesarios pueblan las mesas de los que están obligados a
cohabitar a diario entre complicidades y desavenencias soterradas o no; entre
secretos a voces o mudos.
Pero ahora, mientras el roce
cotidiano descansa, y en los
pasillos y despachos aún se oye el murmullo del eco de las voces de quienes al
anochecer como una diáspora se dispersan a lo largo y ancho de la ciudad ; ahora que en la cara oculta de este
mastodonte de cristal, cemento, hierro y aluminio, no se ve luz alguna; ahora,
puede que sea el momento esperado, o el momento elegido, simplemente la
ocasión propicia para refugiarse en la soledad de algún despacho: adictos al trabajo porque sus
casas se les cae encima; amantes ocasionales de
oficina, que se prometen una vez más no volver a las andadas antes de que se
enteren sus respectivas parejas; solitarios de llanto escondido que no tienen
quién les espere, etcétera.
La historia más insospechada
puede estar ocurriendo en este momento dentro de esa silueta inerte y
gigantesca.
Puedes imaginar la que
quieras, la más inverosímil es probable que esté ocurriendo.
Una silueta puede ser la cara
oculta de lo inimaginable; la fachada de lo invisible.